jueves 25 de marzo de 2010

The edge of the heaven

Huir del propio país por ideologia, por elección de vida, por persecución política, por querer vivir mejor son propósitos a los que todos tenemos derecho. Seguir cuidando un territorio o la pureza de una cultura, son ideas absurdas y primitivas, faltas de compasión y de consideración sobre otros que no tuvieron tanta suerte en su país, pero si quizás suerte de escapar.

Como decía Anaximandro, somos ciudadanos del mundo, y hay otros que necesitan ayuda. Si una cultura se ve amenaza así misma por otra que pretende traer otras visiones de mundo, otras formas de comer, de bailar, de vivir, esto debe ser visto más como una ventaja más que una amenaza. Quizás si los países receptores de migrantes cambiarán esa visión paranoica de ser invadidos, asechados, los otros que llegan no tendría que reaccionar con tanta violencia y desprecio.


Nadie sabe de qué se trata el pánico de no ser reconocido por lo que es, por los logros que ha hecho, y ser perseguido por el tipo de pasaporte que posee. Es como si la identidad de una persona en su totalidad estuviera limitada al papel que lo representa, a la nacionalidad que le tocó, al color de piel que lo pintaron. Nadie elige tener una raza o un acento. Para ninguno es un placer dejar la tierra para ir a incomodar al otro. Así son las cosas, y no tiene sentido que los otros
que siempre lo han tenido fácil lo hagan más díficil a otros que han sufrido por generaciones.
Ese desconocimiento de las causas que mueven a los otros a buscar mejoreres oportunidades también es ignorancia, falta de compasión. Una nación, como dice Kymlicka, se puede decir civilizada y educada en la medida que entienda esto y promueva maneras de vivir mejor y no peor.

De eso trata la pelicula